Escritores Colombianos

En Colombia, existen muchos precursores y representantes de la historia de la literatura, y esto con el fin de que conozcamos de dónde vienen en verdad aquellas historias que leemos por gusto, necesidad u obligación; para saber porqué se hicieron, con qué propósito y qué pensamiento tenía su autor.

1. HERNANDO DOMÍNGUEZ CAMARGO

Nació en 1606 en Santa Fe y murió en Tunja en 1659. Educado por los jesuitas, finalmente se ordenó sacerdote y actuó como beneficiado de la iglesia de Santiago de Tunja. Visitó Lima en donde frecuentó las academias de los ingenios del Perú. En Quito sostuvo una gran amistad con su condiscípulo Jacinto Evia, personaje que publicó un Ramillete de flores poéticas en el cual está incluido nuestro autor. Su formación fue muy rica. Estaba basada en los ejercicios humanísticos, pedagógicos, teológicos y filosóficos. Se puede considerar como el primer poeta nacional de la Colonia.

2. FERNANDO FERNÁNDEZ DE VALENZUELA

Fernando Fernández de Valenzuela nació en Santa Fe de Bogotá en 1616. Fue discípulo jesuita, doctor en teología, predicador general, maestro de artes, notario del Santo Oficio y juez asistente de los exámenes de beneficios curados. Su peregrinación hacia la carrera eclesiástica es una de las más intensas de su tiempo. Después de llevar a España el cuerpo aromático del arzobispo Almansa, se hace cartujo en 1640 y entra al monasterio real de Santa María del Paular de Segovia, con el nombre de fray Bruno. Murió aproximadamente en 1677. Muchos años antes, cuando concluye sus estudios de latinidad (1628), nuestro pionero del teatro ya tiene escrita su obra clave: Thesaurus lingua latinae. Su vocación literaria se hace posible en muchas sendas: los estudios de gramática, los versos a su padre, y finalmente, su tendencia al teatro. A principios del siglo XVI se cultivaba en las universidades españolas, un teatro de intención didáctica. Según José Juan Arrom y José Manuel Rivas Sacconi, dicha tradición pasó a los colegios peninsulares de los jesuitas. Como es natural el efecto no se hizo esperar y se hizo extenso a los colegios americanos. Sobre esta base, Fernando Fernández de Valenzuela funda su experiencia e inicia su sátira al gongorismo bajo el título Laurea crítica en términos españoles.

3. ANTONIO NARIÑO

Nació en Santa Fe en 1765 y murió en Villa de Leiva en 1823. Estudió en el Colegio Mayor de San Bartolomé. Fue un autodidacta profundo. Los estudios los perfeccionó con su biblioteca y con la lectura. Su vastedad alcanza los linderos de la historia, del cual era un gran conocedor. Fundó un centro de estudios filosóficos. Concibió la idea de la libertad y toda su vida se entregó a realizarla. Esto le costó prisión y destierro. El 20 de julio lo sorprendió en los calabozos de Cartagena. Siendo presidente de Cundinamarca se trocó en militar para vencer al ejército del Congreso. Emprendió una campaña hacia las provincias del sur. Aprisionado en Pasto, fue conducido a las cárceles españolas para regresar después de 1820. En 1823, para defender su vida, realizó su propia defensa ante el Congreso.

Nariño es uno de los periodistas más profesionales de su tiempo. Tradujo del francés Los derechos del hombre y del ciudadano, lo que le costó ser declarado conspirador, enjuiciado y castigado por el gobierno español. Iniciada la revolución de independencia fundó la hoja periódica La Bagatela, de carácter político. Entre sus principales noticias figuraban especialmente Noticias muy gordas, que dio en tierra con un gobierno y lo hizo árbitro de la situación. Establecida la República, fundó Los toros de Fucha para entrar en polémica con El patriota, periódico del general Santander. Su obra mayor es su admirable defensa ante el Senado. Allí brillan las cualidades del buen escritor, la fragancia de las imágenes y la riqueza de los giros idiomáticos para expresar sus sentimientos frente a la patria y ante sí mismo. Sin lugar a dudas, Antonio Nariño fue el más hábil prosista de la independencia. Él se nos presenta armado de un estilo muy marcado, detrás del cual alienta una personalidad vigorosa.

4. JOSÉ EUSEBIO CARO

Nació en Ocaña en 1817 y murió en Santa Marta en 1853. Su existencia está atada a la política. En las operaciones militares de 1840-1842 reanima con su Granadino el principio de fortalecer el gobierno y de pacificar el país. Publica sus primeras poesías en La Estrella Nacional (1836). De allí en adelante iniciará sus ciclos. La vida de José Eusebio Caro está marcada por un contexto histórico y a la vez por un contexto trágico: fue uno de los fundadores del partido conservador, periodista, defensor de la religión, patriota, guerrero, descendiente de padres que tenían poder en el virreinato, opositor del gobierno radical, representante a la Cámara y hombre preocupado por la cultura. Su destierro voluntario lo conduce a dos regresos. En el segundo, muere en las playas de Santa Marta. Su existencia se refleja en su poética.

5. RAFAEL NÚÑEZ

Rafael Núñez nació en Cartagena en 1825 y murió en la misma ciudad en 1894. Su carrera tiene muchos escaños: liberal, periodista, ministro de Guerra, promotor de la abolición de la esclavitud, 4 veces presidente de la república. Fundó el periódico La democracia. Se caracterizó por su estilo polémico, por su trabajo crítico y ensayístico.
Rafael Núñez tiene una obra poética que está centrada en Todavía, Psiquis, Ideales, Dulce ignorancia, El mar Muerto. Incursiona por la filosofía con acentos pesimista. Sus versos se mueven entre la duda, el amor y la muerte. Se observa en su poética, rigidez y falta de melodía. Rafael Núñez escribió el Himno Nacional, para algunos su mejor poema. Su obra está ahí, a la discusión. Preguntas para ahondar en su palabra no sobran. ¿Fue Rafael Núñez un verdadero poeta? ¿Su poesía a tenido trascendencia en el sentido universal? Ante dichas preguntas, podemos decir que Rafael Núñez no fue muy afortunado. Dejó versos inolvidables pero no una obra sólida.

6. RAFAEL POMBO

Con Rafael Pombo no surge tan sólo el poeta maestro del romanticismo sino también el poeta profesional y el poeta creador. Su obra no caduca en un poema. Comienza en una fábula y atrapa una constelación. Posiblemente es el poeta más representativo en toda la historia literaria de Colombia en la medida en que es un demiurgo y por lo tanto autor de un universo tan rico y maravilloso como el de Ándersen, La Fontaine, Cervantes y Tolstoi. Sus fábulas viven hoy como ayer y con la mejor vida: esa vida cotidiana de las palabras que toman cuerpo entre los infantes y los abuelos. Es el poeta de las edades del hombre: seductor de la naturaleza, la flora y la fauna.

Rafael Pombo nació en Bogotá en 1833 y murió allí mismo en 1912. Doctor en matemáticas, ingeniero, dirige con Vergara y Vergara La siesta, hojas culturales que renovaron la cultura nacional. De la milicia pasa a la diplomacia y posteriormente a la instrucción pública. Combatió la dictadura de Melo, ocupó la secretaría de la legación en estados Unidos, puesto que perdió en la revolución de 1860 en Colombia. Durante muchos años permaneció en Estados Unidos dedicado al oficio literario. Al regresar a Colombia, se desempeña como secretario de la Academia de la Lengua en 1905 es coronado en el teatro Colón. De allí partirá hacia las tinieblas de su casa donde persistirá en ponerle una raya más al tigre de su obra.

Rafael Pombo no fue ni mucho menos un bachiller de las letras ni un aficionado a ellas. Sencillamente era un poeta por vocación y por acción. Tradujo a Virgilio, Horacio, Goethe, Byron y una dinastía de clásicos. Nadie mejor que él supo infundirle densidad a esos muchos maestros mediante un idioma bello y sugestivo. Fue un hombre fecundo. Franquea las 400 poesías, más sus fábulas y otros cuentos pintados. En realidad esto sólo es importante en la medida en que la fertilidad de Rafael Pombo no lo disminuye sino lo aumenta. No hay mucho desliz en su obra. Solamente poesías vulneradas por sus improvisaciones.

Rafael Pombo es un camino. De él sólo conocemos lo que fulgura más: sus historias encantadas. No obstante, en la otra cara, yacen los rasgos del poeta múltiple: amor y muerte, filosofía y canción natural, vitalidad y sueño.

Como sus personajes, tuvo la propiedad de exhibir una fisonomía hermosamente fea y también la faz del camaleón. Su popularidad ya no le pertenece: es de los infantes.

7. GREGORIO GUTIÉRREZ GONZÁLEZ

Gregorio Gutiérrez González es el primer poeta no sólo del Grupo Antioqueño sino de la poesía popular de Colombia desde el punto de vista estético y temático. Es el poeta con más cualidades. Los demás, presentan más orillas hacia el defecto.

Antioquia constituye un espacio muy especial para la poesía romántica. Igualmente para asumir la naturaleza y la sociedad con tonos épicos. No se toman los elementos naturales con exotismo sino con el sentimiento de quien vuelve a un lugar cotidiano para revelarnos la vida, el amor, la nostalgia. Este grupo se unifica por la sencillez, la originalidad, el lugar sagrado del hogar, la reconciliación del mestizo con su ambiente y con su identidad. El maíz, corazón vital de Antioquia, deja a un lado sus barbas y habla en la voz de estos poetas con mítica sabiduría.

Gregorio Gutiérrez González nació en 1826 en la Ceja del Tambo (Antioquia) y murió en 1872 en Medellín en medio del relámpago trágico de la locura. Su vida pública caminará entre dos paralelas: seminario de Antioquia-seminario de Bogotá. Filosofía-Literatura. Estudios de jurisprudencia. Magistrado del Tribunal Superior de Antioquia. Prestigio-pobreza. Gloria-locura. Hogar-solar nativo. Fracasos en los negocios-éxitos en su trabajo poético. Su esposa, doña Julia de Isaza, ocupará el centro de su poética. De este hombre bondadoso nos queda la senda por donde transita la americanidad en su más puro acento.

La poesía natural de Gregorio Gutiérrez González apenas comienza a confirmar una sospecha: es una poesía ya clásica, auténtica y singular. La crítica ha sido unánime en reconocer su valor. En su poética hallamos lo rural, lo didascálico, la espontaneidad, la sobriedad, la sencillez. Sus temas son concéntricos y elementales: el hogar, el amor, el trabajo, la naturaleza. La popularidad del poema del maíz sólo tiene un punto de referencia: el Martín Fierro.

Gutiérrez González abandona aquí el culto a Zorrilla y Espronceda, el romanticismo tétrico, el trascendentalismo de la rima, la fanfarria retórica y artificial. Muchos comparan este poema con Las Geórgicas de Virgilio. Sólo que nuestro canto tiene tal singularidad que apenas es posible reducir el paralelo a una temática y no a una personalidad. Despojado de toda referencia cultural, este autor asume su universo con las manos desnudas y de ahí nace la belleza de su obra. No porque excluya elementos referenciales sino porque la misma dimensión del símbolo edénico no admite otro lenguaje para nombrarlo que el de su propia raíz. He ahí su clave. Si añadimos a esta frescura poética, un humor festivo, una ironía de la tristeza y la pesadumbre, encontramos la alquimia de una bella canción. Como romántico, no posó de "triste". Era en sí un hombre triste. De ahí deviene esa nostalgia tan dulce de lo perdido. Él no es un poeta del sentimentalismo: es un poeta del sentimiento. Los que critican su dulzura, critican la condición humana de la palabra. Nuestro poeta no necesitaba almidonar el verso. Sencillamente era un versificador nato. No se puede confundir la magia de su palabra con el verbo fácil e improvisado. Gregorio Gutiérrez González es el poeta más próximo a Rafael Pombo. Y dentro de la tradición poética popular de Colombia el número uno.

Menéndez y Pelayo dice sobre él: "Sentimiento profundo de trabajo humano que todo lo ennoblece... Poesía sabia, primitiva, saludable y agreste, llena de ternura y de impresión directa de lo exterior, percibida y mejorada por su alma íntegra y buena", y añada: "Es uno de los poetas más americanos que han existido". Su elocuencia por fin encuentra un acierto real. En un país de falsos prestigios es difícil reconocer al verdadero prestigio y aún más: sentar un precedente para que lo dicho no sea demagógico. Es la lucha de la ética profesional.

El poema mayor de Gregorio Gutiérrez González gira sobre sí mismo involucrando su propio ciclo natural y también el social, el familiar, el intimista. Mediante este fruto, estructura de un símbolo de nacionalidad. En este poema aparecen las tradiciones del campo, las costumbres de sus hombres, su gesta de trabajo, el combate contra la naturaleza, la reconciliación con el cultivo, la identificación con la tierra y el hombre a través del trabajo. Antioquia, Colombia, América Latina y el planeta quedan sedimentados en una experiencia épica que la constituye la misma existencia. Allí surge la vida humilde del peón, su corazón, su energía constructora. El viaje por la siembra es la revelación del universo. Todo nos habla: el árbol y su duda. Todo tiene un hálito vital, misterioso y hermoso. Si Pascal dijo: "Me espantan los vacíos del universo infinito", alguien puede responder ante el universo del maíz: "Me asombra el fluido maravilloso de la savia (sangre y raíz) que es hombre y es fruto. Hasta el mismo insecto alcanza su dimensión y su reino entre los árboles de su autor".

8. EPIFANIO MEJÍA

Epifanio Mejía complementa la línea nativista de Gregorio Gutiérrez González. Frente al cosmopolitismo entroncado en parámetros europeos, el criollismo nacionalista pretende ante todo exaltar el paisaje americano. No llegan tanto al individuo como a la naturaleza brutal, inhóspita y grandiosa de nuestra tierra continental. Dentro de este contexto regional-antioqueño, se inscribe la obra del poeta triste.

Epifanio Mejía nació en Yarumal en 1838. Allí mismo murió en 1913, después de haber vivido varias décadas en el manicomio. La muerte civil del poeta es una de las historias más tristes de aquella época. Todo en él era intenso y nostálgico. Espíritu bondadoso y noble que después de los 31 años ingresó a las tinieblas de la memoria. Se desempeñó como comerciante y siempre estuvo vinculado a los derroteros de su tierra natal.

Entre sus principales obras merece destacarse Canto del antioqueño. Si bien no es una obra maestra, por lo menos tiene un hálito vital y sencillo, genuino y no artificial. Al lado de Antioquia o la mano de Dios (La retirada de los héroes), constituye la exaltación del vigor y a la nobleza de su pueblo. La vena emotiva del nativista es considerada superior a la de Gutiérrez González. Sus versos son realistas, transparentes, naturales. El cóndor, las selvas antioqueñas, las tradiciones y la pugna de una raza en su constante sobrevivencia, son sus temas esenciales. No hay en sus versos tremendismo sino suave ansiedad y melancolía. Y aún más: un sentimiento armónico del paisaje: de ese paisaje donde se construye la vida, el amor, el trabajo. Curiosamente, Antioquia ha dado una cuna de poetas que se unifican en su canto épico a lo rural, a las sendas abiertas por donde transita el progreso. El héroe no es mitológico. Es un héroe anónimo, silencioso, que realiza diariamente sus ceremonias de canto y dolor.

La ceiba de Junín, La muerte del novillo, Anita, La historia de una tórtola completan lo mejor de su obra. En realidad, la producción de Epifanio Mejía no fue muy numerosa. Sólo nos dejó más o menos 70 poemas.

La muerte del novillo es un poema sugestivo, pulcro y sentido. La emoción (dolor humano) se encuentra con el dolor del animal. Una comunión de sangre y muerte. Es su fidelidad a la realidad la que limita las posibilidades del poema. El novillo no llega al perímetro de lo simbólico. La realidad oprime al poema por su dinámica formalista. No obstante, al igual que en La historia de una tórtola, el verso duele.

Epifanio Mejía nos deja también su poema Amelia. Poema que no fue el mejor y que concluyó de manera definitiva. Al igual que a Gregorio Gutiérrez González, podemos expresar para Epifanio Mejía: "Lo triste es así, como su locura". Un factum de muerte a sitiado a los poetas colombianos: accidentes, suicidios, demencia, asesinatos. Las poéticas ambiciosas que estaban por consagrar fueron malogradas por la muerte.

9. RICARDO NIETO

Nació en Guacarí en 1878, y murió en Cali en 1952. Poeta romántico por actitud, modernista inicial por la forma. Abogado, parlamentario, educador, hombre con vocación pública. Entre sus libros figuran: Cantos de la noche, La oración del rocío, Tierra caucana, En la oscura lejanía, Voces de la selva. Este autor tuvo un poema que hizo época llamado En el crepúsculo. Fue coronado el 31 de mayo de 1930 en Cali.

10. JOSÉ ASUNCIÓN SILVA

La vida trágica y apasionante de este hombre es esencialmente romántica. Es el poeta más ambicioso y más estable que ha dejado la literatura colombiana. Es un auténtico creador y con un puñado de poemas se tomó por asalto la inmortalidad. En él, nuestro romanticismo pudo ser (estabilidad de la forma y el sentimiento) y, a partir de él, el modernismo no lo pudo superar, sólo complementar. Analizar e interpretar su obra, al igual que la obra de Gabriel García Márquez, en breves páginas es un acto, de hecho, perdido. Por eso, sólo totalizaremos las arterias fundamentales de su universo personal mediante una síntesis y una valoración.

La sola historia de su vida es una novela fatídica. José Asunción Silva encierra en su funeral todos los funerales de nuestros infortunadamente silenciados en su plenitud. Comencemos por el principio. Nació en Bogotá en 1865. Hijo de una familia ilustre, se educó en colegios privados. Por su belleza física varonil le decían los amigos: "José Presunción". El padre de Silva poseía una tienda de porcelanas y artículos de arte, además era escritor costumbrista y miembro de la Academia de la Lengua. El joven José frecuentaba las tertulias literarias que se realizaban en su casa. De 1863 a 1886 emprendió un viaje a Europa, entabló amistad con la obra de los simbolistas franceses y con Tennyson. En sí fue un autodidacta que leyó ávidamente sobre temas literarios, filosóficos, psicológicos, y que aprendió algunos idiomas (francés, inglés).

En 1886 regresó a Colombia. Al morir su padre ejerció el poder familiar y económico. No obstante, las deudas heredadas lo dejaron con saldo en rojoy fracasa. A los pocos años, Elvira, su amada hermana, presencia de su arte, muere (1891).

El gobierno nacional decide ayudarlo y lo designa secretario de la legación en Caracas (1894). Allí, Silva se aísla y confronta con furor las faenas de la burocracia. Para gravar su tragedia, cuando regresa a Colombia en el navío Amérique éste naufraga cerca de nuestros costas y, con él, algunas de sus obras inéditas.

Apenas se reinstala en Bogotá, intenta de nuevo recuperar su fortuna y el prestigio familiar. Establece una fábrica de baldosines y fracasa. Los sucesos que ha vivido –la muerte de su padre, de Elvira, la pérdida de sus poesías- son de carácter irremediable en su existencia. Hundido en la desesperación hace marcar su traje. El lugar: sobre el corazón. El balazo suicida desangrará el corazón de la poesía colombiana. Refieren que en su dormitorio se hallaron libros que probablemente había estado leyendo el poeta. Fue enterrado con su traje nocturno. La fecha histórica: mayo 23 de 1896. A partir de entonces José Asunción Silva comienza a vivir definitivamente.

11. LEÓN DE GREIFF

El maestro León de Greiff nació en 1895 en Medellín y falleció en 1976. Su larga vida es un testimonio de la aventura. Fue ingeniero, ejerció múltiples actividades en la banca, en los ferrocarriles, en la dirección de extensión cultural, fundó la revista Panida y dirigió la Revista de las Indias. ¿Cómo definirlo no con el ánimo de simplificarlo sino de comprenderlo en un punto de partida? Es posible que podamos hacerlo. León de Greiff no era un hombre: era y seguirá siendo un mito. Porque sólo murió en un hombre y dejó otros para prolongarlo: Ramón Antigua, Leo le Gris, Matías Aldecoa, Guillaume de Lorges, Gaspar von der Nacht, Miguel Zulaibar, Beremundo de Lelo, Lope de Aguinaga, Erik Fjordson, Diego de Estúñiga, Sergio Stepansky, Harold el Obscuro, Beremundo el Skalde, Propicio, Claudio Monteflavo, Grunar Tromholt, Gaspar de la Nuit, Sirg-el Oel, Bogislao, Abdenagodonosor el Tartajoso (o Tartamudo), Alipio Falopio y Pantono Bandullo. La inteligencia y la audaz creatividad de León de Greiff no necesitan epítetos porque los ha devorado todos. Es la invención misma.

León de Greiff es uno de los poetas americanos más intensos y originales, que sólo tiene un punto de referencia: Pablo Neruda. La vasta rueda de su imaginación crea un mundo legítimo, coherente, sincrético, gobernado por sus alter egos. En su obra se acentúa lo autobiográfico: la soledad, las pasiones demoníacas, la bohemia del músico y el músico de la bohemia. La muerte como la vida, la nostalgia como el mundo, anudan los cabellos lunares de sus textos. Con León de Greiff la poesía colombiana se hace mayor: es decir, ya no deja una hoja del árbol de las gracias, sino deja un árbol con buena sombra. Leerlo es la mejor manera de vivirlo. No existe otra mediación.

Sus obras: Tergiversaciones de Leo le Gris, Primer mamotreto, Libro de los signos, Variaciones alrededor de nada, Prosas de Gaspar, Fárrago, Relatos de los oficios y menesteres de Beremundo, Nova et Vetera.

Su obra se organiza con un dominio audaz del idioma, en una profunda sensualidad, un amor sin claudicaciones, y con una independencia desesperada.

Su poética, satírica y saturnal centra cuatro ángulos: la naturaleza (el mar, el cielo, la tierra y el aire), el amor (la mujer, la juventud, los amigos, las presencias del mundo), lo demoníaco (la soledad, la muerte, la locura, la angustia) y, finalmente, la música (el universo, la estética, la ideología y la cultura –arte, literatura, la cultura musical y el mito).

En el centro de este trono reina León de Greiff en medio de su coro de dobles. No existe una metafísica líquida en nuestro melómano. Existe un universo en expansión, que se va viviendo. Es igual al mundo real pero dentro de dimensiones más simbólicas y potentes.

12. JORGE ZALAMEA

Nació y murió en Bogotá (1905-1969). Todo en Zalamea fue ilustre en el sentido clásico de la palabra: sus lecturas, sus viajes, sus disputas, sus amores, sus libros. Ministro y diplomático, hombre de aquí y de allá, inquieto promotor cultural, presencia polémica ardiente. Sus libros son el reflejo de su baraja temible. No era un hombre: era un arsenal de personalidades brillantes, no mediocres, sino mitológicas. El periodismo, el ensayo, los libros maravillosos, son testimonio de su palabra bravía y elocuente, recia e irreductible.

Su obra no ha sido valorada porque es una pirámide que los indiferentes no pueden subir. Y además, porque allí, hay un desafío: el mundo y su diabólica comedia. Eludir a Zalamea en un libro como éste, es eludir nuestra identidad. Porque Zalamea tiene lo mejor de los poetas colombianos: creación, alto vuelo y universalidad.

Del verbo tradicional construyó una expresión crítica en América Latina, tan galvánica como la de José María Vargas Vila. La palabra del Tuerto López es frágil ante el acento zalaméico, capaz de romper paredes y blindados muros invisibles. Este verbo tensa lo puso al servicio de su arte: la estética de la demolición, donde las palabras chillan, lloran, cantan, gimen y preguntan. El objetivo de la épica de Zalamea: las dictaduras y la pobreza del Tercer Mundo.

Sus obras principales son: La vida maravillosa de los libros, obra para enamorarse del mundo literario. La metamorfosis de su excelencia y El gran Burundún Burundá a muerto (1949-1952), díptico del dictador. La poesía ignorada y olvidada, hermosa flor del indio y la mula, y otros estudios, ensayos que han llenado de fuerza y robustez las letras nacionales. Imprecación del hombre de Kenya y La queja del niño negro.

13. JORGE ISAACS

Nació el 1º de abril de 1837 en Cali. Desciende de una familia judía inglesa de Jamaica y de una familia criolla. Después de realizar sus estudios de secundaria en Bogotá, regresa a Cali en 1852. Como guerrero, interviene en las guerras civiles del país. Combate al general Melo y al general Mosquera. Son los tiempos sombríos de la segunda Patria Boba, en que la nación es centro de la anarquía partidista. En 1856 se casa y comienza su ejercicio poético. Algunas de sus poesías, inscritas en El manifiesto romántico, son leídas en el grupo El Mosaico. Hace publicar algunos trabajos.

En el Cauca acepta un puesto de inspector en la construcción del camino público de Cali a Buenaventura. En los campamentos viales padece el paludismo. Por entonces ya había comenzado a escribir su novela mitológica María, que continuó en los meses de su convalecencia, en el Peñón, una villa mirador de la ciudad de Cali.
Tan pronto como es elegido diputado por el partido conservador, se radica en Bogotá y publica su novela, gracias a la colaboración del señor Caro. El éxito fue fulminante: continental y nacional. Y más aún: inicia su carrera universal. Sin pulsarlo en sus horas de creación, estaba escribiendo una de las novelas más hermosas del país y la primera del romanticismo latinoamericano.

Después de 1857, modifica sus ideas políticas y se liga al partido liberal. Nuevamente es elegido diputado y, en 1870, se marcha a Chile con el cargo de cónsul. Cuando regresa a Colombia, obtiene en compañía de un amigo chileno una hacienda próxima a Cali, con el ánimo de recobrar la perdida fortuna familiar, pero al igual que José Asunción Silva, fracasa.

Oprimido por la derrota, se marcha a Cali por el camino del no retorno y se establece en la nostálgica Popayán, donde trabaja en la inspección escolar. Se desempeña como maestro en la escuela normal y redacta un diario liberal (1875). En los años venideros lo hallaremos en medio de las pugnas políticas, entre las escaramuzas y las revoluciones sin revolución, ya encabezando una de ellas (1880).

Escribe su poema Saulo con una dedicatoria al presidente argentino Julio Roca, actitud que encuentra eco en el caballero pampeño y que lo mueve a invitarlo a su país. Los factores políticos vetarán este viaje. En la pobreza, solitario, se refugia en el ambiente familiar. Las aventuras han quedado atrás. Las minas que exploró ya no le darán el dorado. Y para ironía del destino (¿fatum o azar?) conoce a José Asunción Silva. Dos fracasados parciales: dos vidas auténticamente románticas. Pocos meses después el gobierno decide otorgarle los derechos de descubridor minero, hecho que le permitió formalizar un contrato ventajoso con una compañía norteamericana (1894).

Ya enfermo, lleno de proyectos literarios, muere en Ibagué en 1895: año de los nocturnos. El paludismo no le permitió sobrevivir a su gloria. Unos años más y habría escrito Camilo o Alma negra y Fania, novelas proyectadas sobre la gesta emancipadora y sobre la disolución de la Gran Colombia.

Su vida es misteriosa. Puede definirse como una parábola aventurera. El desengaño lo persiguió durante toda la vida. Fue parlamentario, periodista explosivo, guerrero, poeta, novelista, investigador antropológico en la Guajira, explorador del carbón y del petróleo y presencia ilustre. ¿Qué ocurrió con Jorge Isaacs para que no hubiera escrito otra novela? Todos piensan que no podía escribir una obra desastrosa. Por lo menos una obra rica en facetas humanas de su época. ¿Entonces? Un crítico responde la pregunta de Isaacs y de María, un libro de ensayo: "Perdida aquella concepción del mundo (su María) originaria, ninguna realmente le será posible, pues su existencia se absorbe en la verdadera dimensión de la historia nacional: el anacronismo generado bajo las condiciones neocoloniales".

Sobre Jorge Isaacs se han escrito múltiples libros que, al recopilarse, podrían formar un infolio infinito. Igualmente acontece con María. Este mundo de amor y muerte ha sido una y otra vez simplificado, una y otra vez interpretado. María ya no es un libro solitario: es todo cuanto se ha dicho sobre ella: las maldiciones, los elogios, las lecturas amorosas, los silencios. En el presente, muchos procuran socavar su dimensión reprochándole su tono lacrimógeno. Las sensibilidades cambian con las épocas pero María sigue presente, invicta, porque en ella nos vivimos con o sin pañuelos, llenos de prejuicios o sin ellos. Sólo una obra capaz de resistir tantos años de pruebas penosas, es una obra de hecho clásica. María no es una novela artificial: artificial es la época en que la leemos. María no es un libro absurdo: absurdo es el tiempo en que la asumimos. Para llegar a ella, como dice X-504, sólo basta estar desnudos. Entonces otra vez será posible "el paraíso" y también la historia de nuestra propia identidad: esa libertad que se muere y que renace. Esos sueños humanos que se agrietan y se recomponen. María, océano para todas las voluntades y para todas las teorías. Pero he aquí la reflexión del crítico, del psicólogo, del sociólogo, del marxista, del sacerdote, del positivista, no la han simplificado sencillamente porque la vida no es reducible, tampoco la poesía, mucho menos el amor del hombre.

Apenas delinearemos los rasgos de este mundo apasionante llamado María. Su lectura es la única razón de esta exploración sencilla. Más allá no existe nada. De algún modo y del sentido más profundo, María la mujer, es el paraíso perdido del pasado y de algún modo el paraíso recobrado del futuro: el hombre nuevo. Esta novela tendrá un lugar de honor en el reino de la alegría, porque sólo comprendiendo nuestra muerte comprenderemos lo que fuimos y lo que seremos.

14. EUGENIO DÍAZ

Eugenio Díaz nació en 1803 en Soacha y murió en 1865 en Bogotá. Campesino por ejercicio, estudiante en el colegio San Bartolomé, fundador de El Mosaico, poeta en el diario vivir del campo, mente atenta para capturar la psicología del habitante rural. Con Juan Rodríguez Freyle, Vargas Tejada y Gregorio Gutiérrez González, se une a la mirada nacional.

Su presencia pervive hasta el presente. Lo que María vale para el realismo romántico (la más traducida, la más americana, la más universal, la que dejó una escuela y, ante todo la mejor novela del siglo XIX en nuestro continente), asimismo Manuela lo es para el realismo costumbrista (la más novela, la más profunda, la que por sus imperfecciones no puede ser considerada una obra maestra, pero sí una obra sugerente y mucho más notable que mil novecientas cuarenta novelas del país). Eugenio Díaz es el fundador, al igual que Jorge Isaacs, de nuestra tradición narrativa. Con los dos comienzan los aciertos y los yerros, pero también la fundación de una realidad. Manuela y El Rejo de enlazar afirman su legado.

La densidad de Manuela, y la semilibertad de sus personajes la convierten en una novela relativamente coherente. El profundo conocimiento de la vida social le sirve a Eugenio Díaz para capturar un testimonio sociológico.

Se le apunta el hecho de no ser una novela histórica. Mejor aún: una crónica novelada. Eugenio Díaz refleja la realidad pero también la interpreta en una acción y unos personajes. Ése es su mérito y ése es su legado. Por eso aún sobrevive aunque sea con un pie sobre el abismo. Frente a las novelas sociales, entre ellas, las indigenistas, guarda un nivel sino igual, por lo menso sí más rico en otras facetas. No se deja sentir la voz panfletaria y esto la favorece.

15. JOSÉ MANUEL MARROQUÍN

Nace y muere en Bogotá (1827-1908). Su lira es festiva pero rodeada por el escarnio y las tinieblas. Huérfano, aventurero en sus primeros años, apasionado por el ambiente rural, siempre cumplirá tres trabajos: la lectura, la faena agrícola y la enseñanza. Es el fundador del grupo El Mosaico y de la Academia Colombiana de la Lengua. No es extraño que nos haya legado manuales de urbanidad y de ortografía. Su familia tenía parentesco con importantes señores vinculados al virreinato. Su fuga del colegio, su relación social con las tías, ejemplifican el origen de su veta afable y audaz. Su vida está inscrita en el torbellino del poder. Asumió la presidencia de la República en 1900 ignorando el gobierno de Sanclemente. Bajo su régimen se libró la cruel Guerra de los Mil Días, en la cual triunfó su mano de hierro. Inmediatamente vino la separación de Panamá. Tristes hitos para un poeta presidencial que en el fondo de la gloria del poder ocultaba un ser festivo.

La perrilla es la única obra que ha sobrevivido a las tinieblas de José Manuel Marroquín. Es popular desde el río Bravo hasta la Patagonia. Como fábula tiene una estructura muy bien ajustada, tanto en el metro como en la sintaxis del ritmo. Su nivel de contenido está cimentado en una estructura filigranada. Los críticos que escriben el mismo libro de la historia de la literatura nacional con los mismos tonos pasivos, dicen que este poema es un juguete gracioso, una obra maestra del género, que trabaja las más difíciles asonancias y que parodia símbolos literarios. Otros consideran que su obra más meritoria es El Moro, autobiografía de un caballo. Lo cierto es que en esta fábula se deja sentir el encanto, la festividad y la complicidad con esta perrilla que pertenece a los personajes animales antihéroes. Entra a formar parte de la galanura de los rocinantes y Gatos Bandidos. Más placentero resulta leer esta fábula de La perrilla que someterla no a un análisis sino a una interpretación, dado que la anécdota es muy elemental y no admite más recodos que aquél que se ve visitado por ríos encontrados.

16. JOSÉ MARÍA VERGARA Y VERGARA

Nació y murió en Bogotá (1831-1872). Hombre público. Intelectual de valía. Fundó los periódicos: El Mosaico y La Siesta. Fue uno de los fundadores de la Academia Colombiana de la Lengua. Es uno de los pioneros de la crítica literaria con su obra Historia de la literatura de la Nueva Granada.

Entre sus cuadros costumbristas dejó: Las tres tazas, Consejos a mi potro, El chino de Bogotá y otros más. Entre sus novelas figuran: Jacinta, Olivos y aceitunos, todos son uno, Mercedes, Un odio a muerte, Un chismoso. Su novela Dramas domésticos quedó inconclusa.

Su obra más celebrada es Olivos y aceitunos, todos son unos. Secuencia de cuadros costumbristas que se concentran alrededor de un drama de amor. José María Vergara y Vergara deja sentir su humor finísimo, su palabra irónica e ingeniosa, para revelar los vicios políticos de aquella época que emergía de la Colonia y llegaba a la República en medio de pasiones y guerras sin fin. La novela costumbrista se enriquece con este tono burlón y cáustico que utiliza el santafereño para demoler las máscaras de aquellos políticos corruptos y necios. José María Vergara y Vergara tenía una fuerte conciencia social que le permitía comparar a los encomenderos con los hacendados de la naciente república: todos juntos una dinastía de hombres ambiciosos y crueles.

17. TOMÁS CARRASQUILLA

La tradición literaria antioqueña encuentra en don Tomás Carrasquilla su esplendor. Nació el 17 de enero de 1858 en Santo Domingo, Antioquia, y en 1940 muere en Medellín. Sastre, empleado público, bohemio, conquistador de la palabra regional, hombre dedicado a su obra literaria, mal estudiante y excelente novelista, oído atento del latido popular de su comunidad. Algunos críticos citan en sus ensayos sobre él, que es el primer novelista regional de América y establecen esta cita con el asombro de saberlo. El hecho es bien sencillo: Tomás Carrasquilla era un novelista por encima de sus fisuras. Las aseveraciones de Federico Onis o de Cejador no tienen nada de sorprendente. Carrasquilla es antes de ellos y después de ellos. Si Jorge Isaacs es el conquistador de la novela colombiana, Tomás Carrasquilla es su fundador. Regatearle la consagración es un modo de vergüenza. Carrasquilla está por encima de nuestro complejo de inferioridad: es un novelista monumental con todo y sus abismos menores. Por eso no necesitamos demostrarlo en este estudio. Sencillamente llegar a él a través de su obra que de por sí se adelantó a su tiempo y es actual como un recién nacido.

Su limitación en el espacio universal no le resta méritos a su novelística. Si hubiera tenido un boom publicitario, sería más conocido en el planeta mas no por eso sería mejor Carrasquilla. A un autor no lo hace el número de sus lectores, sino la coherencia y la calidad de su obra. No se trata aquí de disfrazar sus limitaciones por su lenguaje regional. Tampoco de otorgarle una consagración inmerecida. Él ya la tiene y suficiente, y aún más: es un novelista en la dimensión magna de la palabra: un novelista épico. No fue un visitador de la literatura. Dejó un mundo carrasquilliano. Una trilogía de espacios novelísticos y un cúmulo de cuentos sólidos.

Sus homilías demuestran irrebatiblemente que no era un turista. Era un intérprete, fronterizo en el nivel de la creación, que dejó como legado algunas proposiciones importantes. Entre ellas destacamos:

Proclama la virtud de lo autóctono y lo terrígeno frente a lo erudito y lo extranjero. Rechaza el modernismo escapista y asume la nacionalidad y la americanidad en sus consecuencias máximas.

Propone un 20 de julio literario: emancipación literaria y emancipación política. Es con José Martí el pensador que busca su identidad en su propia cultura mestiza. Dice "no" a los modelos importados y ensamblados artificialmente. Si erró, erró siendo honesto, siendo buzo primigenio en su aventura regional. Su frase que podemos resumir en "la literatura colombiana para los colombianos y no para los europeos" es revolucionaria. ¿Qué significa esto? Que no podemos escribir en europeo para ellos, sino en americano para nosotros y para el mundo. Sólo siendo nosotros mismos podemos ser en todas partes.

Tomás Carrasquilla era muy consciente de que sólo por la comarca se puede llegar al mundo. Muchos años después, los novelistas mayores del medio siglo afirmarían este concepto. Entre ellos Mario Benedetti, ese creador plural de nuestros pueblos.

Cuando Tomás Carrasquilla escribe sus homilías, también establece una base fundamental: atrapar la nacionalidad en el paisaje, costumbres, psicología y clases de nuestra sociedad, espacio geográfico, luz y ambiente, alimentos y rituales, ya no como espectáculo sino como escenario de amor y muerte.

Otras de sus obras. En novelística: Frutos de mi tierra (1896), Grandeza (1910), La Marquesa de Yolombó (1928), Hace tiempos (1935-1936). En cuentos destacamos: Simón el mago, En la diestra de Dios Padre, Salve Regina. Una idea de peripecia narrativa y temática de Carrasquilla la ofrecen cinco planos: Estudiantes, Mineros, Vagabundos, Campesinos y Salutaris.

De este modo, el universo antioqueño se hace colombiano, americano y universal. Tomás Carrasquilla es en sus novelas hombre y tierra, costumbre y canto, ser confrontado con la ternura, el vicio, la soledad y el destino. Ésa es su clave.

18. JOSÉ EUSTASIO RIVERA

José Eustasio Rivera nació en Neiva, Huila, en 1889 y murió en Nueva York en 1928. Después de concluir sus estudios primarios, viaja a Bogotá. En 1909 se gradúa de maestro en la Escuela Normal Superior de Bogotá. En 1917 obtiene el título de abogado de la Universidad Nacional de Colombia. Entonces ingresa a la diplomacia. Marcha a México, Perú y Cuba (1921-1928). Por su trabajo legal, hizo parte de la comisión que habría de trazar los límites en la frontera colombo-venezolana. Agregado a esto, José Eustasio Rivera era propietario de un negocio de ganado, lo que le permitió conocer a fondo no sólo el mundo llanero sino también el invierno verde de la Orinoquia y las selvas amazónicas. Muchos años después habría de concluir ese trabajo épico en una casa de Sogamoso, el umbral del Llano. Este expedicionario silencioso, explorador de los problemas dramáticos de las caucherías y de los obreros del petróleo, hará estallar la novela americana. Para hacerlo, recurrirá a todas sus destrezas y sus vínculos con la literatura universal. Puede decirse sin titubeos que con él se instaura la novela de la identidad.

José Eustasio Rivera escribió dos libros: una hermosa colección de versos de estilo parnasiano: Tierra de promisión (1921) y su novela poemática La vorágine (1924).

Tierra de promisión está constituido por 55 sonetos. Desde la misma adolescencia se fijó el plan de expresar la vida de Colombia, particularmente su faz tropical (fauna y flora). Enamorado de este proyecto lo hizo realidad con la pasión de un Arturo Cova. Estos alejandrinos y endecasílabos fueron apareciendo en revistas y diarios de la capital y no se hizo tardar su consagración nacional, especialmente entre los intelectuales de mayor valía. El tema de sus sonetos atrapa la personalidad del mundo amazónico y sus geografías aledañas. En la galería de sus personajes desfilan escarabajos y volcanes míticos, águilas y cóndores del reino azul, tigres y palomas, siempre en movimiento, penetrados por un hábito sugerente y maravilloso. No son meras traducciones naturalistas de museo, sino sonetos con alas, temblorosos como los remolinos perdidos, que exhalan la vitalidad torrencial de la geografía americana. La estructura de sus poemas es matemática y perfecta. Ritmo, rima y metro marchan a la par orquestando la sinfonía tropical en 55 variaciones. Sensorialidad, sentimiento y vitalismo son las fuentes por donde salen a la luz estos sonetos encantadores, donde ya existen presagios terribles. No obstante, en Tierra de promisión, el mundo aún es posible para la contemplación y el canto dulce. Más tarde, ese universo se convertirá en un rival supremo e implacable. Resultado de esta batalla será La vorágine (1924).

19. MANUEL MEJÍA VALLEGO

Nació en Jericó (Antioquia) el 23 de abril de 1923. Su existencia ha girado en torno al periodismo, la cátedra universitaria, los viajes por los caminos del mundo, la poesía, el cuento y la novela. Bohemio profundo, mente reflexiva y creadora, presencia discreta. Nada traiciona a Manuel Mejía Vallego: cuando la virgen no se le aparece ante su escritorio, él se le aparece a la virgen. Su dedicación a la literatura tiene un sentido profesional: vive para la ficción aunque no de ella. Pero en sí, es un diestro del oficio, que ha conquistado uno de los estadios más respetables en las letras nacionales. Su obra permanece fresca y de manera excepcional va de mano en mano del lector colombiano. Aunque actualmente no ha sido valorada con la profundidad suficiente, por lo menos la tradición del silencio no ha podido demolerla.

Por el espacio del realismo crítico cruza el tema de la violencia colombiana. Antes de llamarlos novelistas de la violencia, preferimos ubicarlos en un territorio más vasto: el mundo del realismo crítico, mundo que inscribe no sólo el fenómeno de la violencia (1948-1958) sino también la épica del hombre nacional frente a su destino histórico. El criterio de la violencia sirve más para desvalorizar a los novelistas de este conjunto que para interpretarlos en su riqueza universal. No son cronistas de un hito histórico: son creadores e intérpretes del mundo contemporáneo. El fenómeno de la violencia es una materia prima pero también lo son el sueño, los conflictos familiares, la soledad de una comunidad. Creemos que este grupo de novelistas tiene la capacidad de trascender el apocalipsis de los 300.000 muertos y de alcanzar nuevas dimensiones. Ellos exploran la nacionalidad, la identidad, el mestizaje y la conciencia de nuestro pueblo actual. Por eso, subrayamos que su clasificación e un tema de la violencia, es una camisa muy estrecha para ellos. Del mismo modo como a Mario Benedetti no lo contiene el aspecto político, asimismo la hecatombe partidista no contiene a nuestros escritores del medio siglo. Estos marcos históricos simplifican muchas veces la realidad y no permiten evidenciar el mundo diverso y pluridimensional de los consagrados.

La obra de Manuel Mejía Vallego básicamente se proyecta entre el periplo social y las herencias culturales. Éstas son tango y violencia: amor y pesadilla, nostalgia y dolor, como en su poética Prácticas para el olvido y El viento lo dijo (1977-1981).

Sus otras obras fueron: La tierra éramos nosotros (novela), Tiempo de Sequía (cuentos), Al pie de la ciudad (novela), Cielo cerrado, El Día señalado (novela), Cuentos de Zona Tórrida, Aire de Tango (novela), Las noches de la vigilia (cuento), Las muertes ajenas, Tarde de verano (novelas), Y el mundo sigue andando, La sombra de tu paso (novelas), El hombre que parecía un fantasma (reportaje), Hojas de papel (poemas), La casa de las dos palmas (novela), Memoria de olvido (coplas), Soledumbres (poemas), Los abuelos de cara blanca (novela), Otras historias de Balandú (cuentos), Los invocados, novela próxima a salir.

Manuel Mejía Vallego ha publicado, hasta abril de 1997, once novelas –pues está a punto de ver la luz Los invocados-, seis libros de cuentos, cuatro de poesía, un gran reportaje sobre el poeta Barba Jacob (El hombre que parecía un fantasma) y un libro de ensayos sobre los ecritores antioqueños de su generación. Ha escrito, asimismo, miles de artículos periodísticos y docenas de presentaciones y prólogos para libros diversos, incluidos los de algunos de sus alumnos del Taller de Escritores de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, que el escritor fundó en los albores de la década del ochenta.

20. GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

Gabriel García Márquez nació en Aracataca en 1928. Su existencia forma ya parte de la memoria popular. Sobre su pasado, su presente y su futuro y también sobre sus obras, se han escrito tantos libros que con ellos se podría construir una biblioteca fantástica. Su influjo ha destacado escuelas mágicas, un horizonte de embrujo y un soplo de insomnio sobre el pueblo latinoamericano. Sus personajes viven entre las pesadillas y los sueños felices de las doncellas, los adolescentes y los coroneles nostálgicos. Es el primer escritor nacional y uno de los más representativos de la literatura universal de todos los tiempos.

Sus expediciones por el planeta están signadas por una misión. Entre las noches y los amaneceres, este humorista melancólico despierta en la Colombia de la violencia, en la dictadura de Trujillo, en el París de 1954, entre sus guayabos con los mitológicos obregones y el aire verde de México, donde escribió una de sus obras maestras. La revolución cubana y la defensa de los derechos humanos perfilan su trabajo político. La Alternativa de otros tiempos es hoy la "alternativa" del escritor colombiano. No hay espacio donde su pie esté ausente: el Chocó lo recuerda por sus reportajes sociales, los países socialistas por sus memorias de fuego, la ciudad de Barranquilla por sus mariposas amarillas. Sus frases son dignas del perpetuo resurrecto: "El deber de todo escritor es escribir bien", "La revolución no es para que el pobre sea más pobre sino para que sea más rico", "Los críticos son hombres muy serios y la seriedad dejó de interesarme hace mucho tiempo", "Lo único que sé sin ninguna duda es que la realidad no termina en el precio de los tomates", "Yo pienso que nuestra contribución para que la América Latina tenga una vida no será más eficaz escribiendo novelas bien intencionadas que nadie lee, sino escribiendo buenas novelas", "Toda buena novela es adivinanza del mundo", "Yo creo que tarde o temprano el mundo será socialista, quiero que lo sea y mientras más pronto mejor". "¿Y quién dijo que no vivo en Colombia?", "Lo único que me ha interesado desde niño: que mis amigos me quieran más". Gabriel García Márquez es un hombre comprometido con la vocación de ser del pueblo latinoamericano. Pero también como escritor es un hombre fiel a la creación. No produce libros en serie. Sus libros parten de una necesidad irrefrenable. En él vanguardia artística y vanguardia ideológica se dan la mano. Gabriel García Márquez ha sufrido dos experiencias notables: la primera marcada por la acusación de plagio que le hizo Miguel Ángel Asturias. La segunda, por su exilio de Colombia marcado por el punto de mira del poder. No obstante, tiene un poder de clarividencia que lo vence todo. Este hombre eternamente indocumentado y feliz, este mago escalador del cine, el periodismo, los viajes y los sueños, sigue hablando de su tierra natal, allí donde vivió sus verdaderos Cien años de soledad.

Su invulnerabilidad radica en su modestia. La fama como montaje publicitario que rodeó al boom latinoamericano, no es una sombra que lo disminuye a la luz de los incrédulos. Al contrario: los vuelve crédulos. Porque su fama va más allá de las revistas y se hace auténtica. Aunque sus obras no son para dormir, por lo menos permiten un refresco de alegría para aquéllos que siguen construyendo el futuro entre sus muertes cotidianas y sus derrotas, pero también sus victorias calladas. En esa medida su Premio Nobel 1982 es un reconocimiento glorioso.

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