Poesía Colombiana

También la poesía en Colombia padece los desajustes que han afectado el país durante esta época. También ella busca, en vano muchas veces, dar razón de ser a procesos vertiginosos que la sobrepasan y anulan.

Quizás también ella como tantos otros elementos de la vida nacional, ha perdido su rumbo y busca con angustia los nuevos horizontes. Es una poesía en crisis.

Un primer dato significativo, con el fin de intentar comprenderla, es el que pudiera denominarse institucionalización de la poesía. Tal paradoja consiste en la asignación de una zona de influencia legalizada y específica para ejercer su dominio, que contrasta con la anterior errancia, contestataria y bohemia, ejemplarizada en los años 60 por un grupo como el nadaísta, antiejemplar por excelencia.

La poesía se concentra en espacios prefijados como la Casa de Poesía Silva de Bogotá, fundada en mayo de 1986, a la cual se añade ahora la Casa de Poesía Fernando Mejía de Manizales, inaugurada en julio de 1990, auditorios universitarios, revistas especializadas como Golpe de Dados, fundada en enero de 1983 y que sobrepasa los 100 números o premios como el que otorga la Universidad de Antioquia en forma ininterrumpida a partir de 1979, el cual ofrece un buen balance36. A esto conviene añadir la página de poesía publicada por el "Magazín Dominical" del diario |El Espectador y el panorama anual que ofrece "Lecturas Dominicales" de |El Tiempo. Quizás también ella se ha beneficiado, en alguna forma, del auge editorial colombiano que en 1989 exportó libros por 61 millones de dólares. Pero son minoritarias ediciones como las de la "Fundación Guberek" o "Museo Rayo" las que mejor reflejan su curso.
Otra forma de institucionalización, más interesante por cierto, radica en haber perfilado su tradición inmediata de modo cada vez más preciso. Así lo señala un joven poeta, Ramón Cote (1963) al escribir:

"Para los escritores jóvenes, para aquellos que nacieron entre los cincuenta y los sesenta y han empezado a publicar a finales de los setenta o en los ochenta, la situación con respecto al pasado literario se torna esclarecedora: se ha confirmado la figura de Aurelio Arturo; se ha producido una evaluación del nadaísmo tanto a nivel general como particular; se observa la mayoría de edad de la generación del Frente Nacional, cuyos poetas han visto publicadas en esta década antologías de sus libros -María Mercedes Carranza, Darío Jaramillo Agudelo, J. G. Cobo Borda, Juan Manuel Roca, José Manuel Arango.

En Colombia nunca ha existido una tradición rupturista, y esto se comprueba nuevamente con los autores más jóvenes"37.

Las líneas centrales de la poesía colombiana escrita en los últimos años se ubican dentro de tal marco: el de una tradición también institucionalizada, que partiendo de José Asunción Silva abarca nombres como los de Guillermo Valencia, Porfirio Barba Jacob, Luis Carlos López, León de Greiff, Luis Vidales, Aurelio Arturo, Eduardo Carranza, Fernando Charry Lara, Alvaro Mutis, Jorge Gaitán Durán, Eduardo Cote Lamus, Jaime Jaramillo Escobar, o Mario Rivero. Lo comprueban los homenajes profanaciones, pero homenajes al fin, que un iconoclasta como Jaime Jaramillo Escobar le ha rendido a Guillermo Valencia y Porfirio Barba Jacob. Sus lecturas, por más irreverentes que parezcan, terminan por formar parte de una tradición establecida.
Un consenso más o menos democrático al respecto certifica entonces cómo estos nombres integran el canon de la poesía colombiana en este siglo. Son los poetas que los jóvenes leen, que las universidades estudian, que los críticos revisan. Son los poetas que quizás los jóvenes debieran asesinar38.

Institucionalizada la poesía, como dijimos, sea a través de casetes como los que produce la emisora cultural HJCK, con 40 años de actividad, o ampliada en su radio de acción con eventos como "La poesía tiene la palabra", que logró reunir 5.000 y 8.000 personas respectivamente en Bogotá (1987) y Medellín (1989) vienen ahora los riesgos de cada escritura.

Los riesgos de la escritura

La muerte de Eduardo Carranza (1913-1985) cerraba medio siglo de poesía colombiana, el cual comenzó en 1936, cuando publicó |Canciones para iniciar una fiesta. Poesía esbelta y emotiva, de aireado lirismo, ella había cambiado el clima verbal con sus metáforas de jóvenes muchachas y paisaje tropical dentro de una exaltación nacionalista de los valores hispánicos. Romántica, en definitiva, y seguidora tanto de Bolívar como de Rubén Darío, la obra de Carranza proyectó al poeta como figura pública. Y se convirtió en los últimos años, con libros como |Epístola mortal y otras alucinaciones (1975) en una honda meditación temporal, capaz de conciliar la relación erótica con el afán de sobrevivir, fiel a algunos de sus poetas preferidos: Manrique, Quevedo, Machado.

Por su parte la generación siguiente a "Piedra y cielo" agrupada en torno a la revista |Mito, ha encontrado en la obra de Alvaro Mutis (1923) una de sus expresiones más definidas. Sus últimos libros | Caravansary (1981); |Los emisarios (1984); |Crónica regia y alabanza del reino (1985) y |Un homenaje y siete nocturnos (1986), muestra una entonación más amplia, dentro de la cual, como es habitual en su obra, prosa y verso conviven en torno a la figura de Maqroll el Gaviero, incrementada ahora por una reflexión acerca del papel de la monarquía, a través de la figura de Felipe II, el legado árabe, mediante La Alhambra y una subjetividad, más evidente, explícita en sus Lieder y en los motivos hispánicos, Compostela, Valdemosa, como desencadenantes de una reconciliación consigo mismo, que más allá de la nada inexorable unen la historia y al hombre que la revive, en una resignada aceptación de su destino:

"en esta calle de Córdoba, donde el milagro ocurre, así, de pronto como cosa de todos los días,-como un trueque del azar que le pago gozoso con las más negras horas de miedo y mentira-, de servil aceptación y de resignada desesperanza, que han ido jalonando hasta hoy la apagada noticia de mi vida".

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