Momentos inolvidables del deporte Colombiano

La Vuelta a España

Sólo 49 segundos separaban a Luis Herrera de la gloria. El alemán Raimond Dietzen era el portador de la camisa amarilla, pero la jornada montañosa favorecía las condiciones del escalador colombiano. La etapa, que había partido de Santander, entraba en sus 13 kilómetros definitivos. La carretera comenzó a empinarse y los pedalistas nacionales se apoderaron del frente del lote grande. Nadie podía salir, la autorización era sólo para Herrera, que faltando siete kilómetros lanzó su feroz ataque. A sus rivales, los dejó hablando solos. Nadie le pudo seguir el paso: su ritmo era insoportable. Pedaleaba como si la vida se le fuera. La camiseta roja que portaba el cundinamarqués, del líder de la montaña, abría el paso de la caravana. Cada rato se subía las mangas blancas que lo protegían del frío. Coronó el premio de montaña y se lanzó en busca de la meta. "Luchito" impulsó la bicicleta, levantó por segundos los brazos y de inmediato se encontró con la pared de fotógrafos que lo esperaba detrás de la línea de sentencia en los Lagos de Covadonga. Como si se tratara de una contrarreloj, el reloj comenzó a ser el juez. Los segundos pasaron y Herrera se regaló el triunfo y el liderato de la ronda ibérica: era el día de su cumpleaños número 26. Las

500 millas de Indianápolis


En medio de la algarabía, a Juan Pablo Montoya le pusieron una corona de flores en el pecho. Un montón de brazos querían cogerlo a la vez, pero él estiró su mano derecha y agarró la botella de leche, el símbolo para el campeón de las 500 millas de Indianápolis. Entonces brincó, bebió un primer sorbo -largo y profundo- y así cumplió con el tradicional rito. Minutos antes, tan pronto su auto rojo número 9 del equipo Target Chip Ganassi pasó de primero bajo la bandera ajedrezada, empuñó la misma mano para moverla de atrás hacia adelante con furia y felicidad. Ese día, el domingo 28 de mayo de 2000, Montoya lideró la prueba durante 167 vueltas y sintió una alegría parecida a la del británico Graham Hill, quien 33 años antes había sido el primer novato en ganarla. Después le agradeció a su equipo, se bajó del carro, le pasó la botella de leche a su papá, Pablo, y le ofreció sus brazos a la gente que se moría por celebrar con él.

El 5-0

No hubo necesidad de palabras. El lenguaje del fútbol lo decía todo. Iban a ser las ocho de la noche en Buenos Aires y de tanto silencio que había en las tribunas del estadio Monumental, se alcanzaban a escuchar, allá abajo en la cancha profanada, los gritos y las risas de 11 futbolistas colombianos que acababan de propinarle a la selección de Argentina la derrota más humillante de su historia: la del 5-0. De repente, el símbolo de aquella gesta, un rubio de pelo ensortijado y con el número 10 al que le decían "el Pibe", desbarató la montaña humana que se había formado y caminó hacia la entrada de los vestuarios. Le tocó devolverse y andar hasta el centro del campo porque, también de repente, los cerca de 70.000 aficionados argentinos se pusieron de pie y comenzaron a aplaudir. "El Pibe" levantó los brazos hacia el cielo en señal de agradecimiento y uno de los que aplaudían era nada menos que Diego Maradona. Vestido con la camiseta celeste y blanca y con una mueca de dolor en su cara, sus aplausos fueron fuertes y prolongados, con las mismas manos que cuatro días antes le habían servido para mostrar en la televisión que Argentina debía ganarle a Colombia, porque en el fútbol, según él, por historia y por presente estaba mucho más arriba. La gente seguía de pie y aplaudía sin parar, al mismo tiempo que los demás jugadores colombianos llegaban donde "el Pibe" e imitaban su gesto. Tras los aplausos, las tribunas del Monumental volvieron a quedar en silencio. Los argentinos salían como si acabaran de presenciar el entierro de su propia madre. En cambio, en un rinconcito del estadio, el del camerino colombiano, se improvisaba un festejo sin antecedentes.

El Tour de Francia-1985

Al comenzar el ascenso hacia Saint Ettiene, Luis Herrera partió del lote sin pena y sin pedirle permiso al líder del pelotón, el francés Bernard Hinault. Es más, el colombiano le dijo: "Nos vemos en la meta". En el premio de montaña tenía una ventaja de 1 m 50 s sobre el grupo y comenzó a descender. En una curva cerrada se encontró con greda derretida y trató de esquivarla, pero ese esfuerzo lo llevó a perder el equilibro y a rodar por el asfalto. Rápidamente, Herrera se paró, se montó en su bicicleta y comenzó a pedalear. No se dio cuenta de que el arco superciliar izquierdo se le había roto. Solamente lo percibió cuando la sangre empezó a mojar su camiseta blanca con pepas rojas. "Eso me dio más valor", diría después "Lucho", que siguió pedaleando hasta llegar a la meta. Allí alzó los brazos en señal de triunfo y al bajarse de la bicicleta se lo llevaron al hospital. A Hinault no lo vio en la meta, como le dijo en plena carretera, sino en una camilla, a su lado, pues también sangraba, víctima de una caída.

Pambelé vs. Frazer

Antonio Cervantes, a quien conoció cuando compartieron habitación años atrás en Caracas, era el rival adecuado para el lucimiento del panameño Alfonso "Peppermint" Frazer en la defensa del campeonato welter junior de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB). "Kid Pambelé", como se apodaba al colombiano, era tosco. Así fue en nueve asaltos de una pelea pactada a 15. En el décimo, el palenquero descargó un arsenal ofensivo violento y se proclamó en el primer campeón mundial del boxeo colombiano. A Frazer lo tildaron de cobarde, pero Cervantes creció y llegó a ser el mejor del mundo, libra por libra. Años después, el panameño declaró una verdad: "La noche del 28 de octubre en Ciudad de Panamá nació un monstruo".

Valdés vs. Monzón

Quizá la primera vez que dos latinoamericanos paralizaron a Europa y a Estados Unidos fue la tarde del 26 de junio de 1976. En el Principado de Mónaco, con la realeza y las estrellas de cine al borde del cuadrilátero, el colombiano Rodrigo Valdés y el argentino Carlos Monzón unificaron el título mundial del peso mediano -la categoría reina- de boxeo mundial. Una foto de El Tiempo de la calle Séptima de Bogotá, tomada a las cuatro de la tarde, mostró la soledad total: el país estaba "pegado" al televisor. Monzón desequilibró la cerrada pelea al derribar al colombiano en el decimocuarto asalto.

El primer triunfo en el Monumental

En la cancha del estadio Monumental de Buenos Aires la pelota quedó en el círculo central, traviesa y coqueta, lista para dejarse querer. Picó una, o quizá dos veces, antes de que Willington Ortiz la sedujera con su cintura de bailarín de salsa y sus piernas tan rápidas como flechas. Iban 61 minutos del partido que empataban 1-1 el Cali y el River Plate de los campeones mundiales Fillol, Passarella, Tarantini, Alonso, Ortiz y Kempes, en el cierre del grupo 1 de la Copa Libertadores, el 22 de abril de 1981. Con la pelota pegada al pie derecho, Willington apuró el paso, dejó regado a Pavoni, burló con una gambeta a Tarantini, entró al área y con otra hizo lo mismo frente al arquero Fillol. Con esta jugada, el Cali estaba a punto de ser el primer equipo colombiano en vencer en su casa al ilustre River. Y así fue. La pelota, fiel a la orden de Willington, se marchó dócil al fondo de la red.

El sobrepaso de Montoya a Schumacher

La primera gran emoción que les provocó a los colombianos Juan Pablo Montoya como piloto de Fórmula 1 duró apenas 4,4 segundos. Al frente del Williams número 6, en la segunda vuelta del circuito de Interlagos, el bogotano hundió el acelerador a fondo en la recta principal y antes de la primera curva alcanzó al Ferrari del tricampeón Michael Schumacher. Ambos giraron al mismo tiempo, pero Montoya atacó al alemán, le ganó el lado más amplio de la pista y lo forzó a frenar al terminar la segunda curva, ya que se había salido levemente del pavimento. Luego siguió de largo y tomó la punta de la prueba. Apenas en su tercera carrera en la F1, en abril de 2001, Montoya mostró que era el piloto más irreverente de la categoría y en ese momento, tal vez, el único capaz de hacer morder el polvo terrenal a quien ya había subido tres veces al olimpo de los dioses.

La Copa Libertadores de 1989

Del estadio El Campín de Bogotá, a las 10 y 47 de la noche del 31 de mayo de 1989, salió un rugido incomparable. Nacional se acababa de convertir en el primer equipo colombiano campeón de la Copa Libertadores, tras superar a Olimpia de Paraguay en una tanda de 18 cobros desde el punto penalti que duró 21 minutos. En ese lapso se mezclaron la angustia, el llanto, la risa nerviosa, el susto, la fe y los ruegos. Se pusieron a prueba los más alentados corazones. El arquero René Higuita atajó cuatro cobros: el primero, el 11, el 13 y el 15. Sin embargo, sus compañeros, presas del miedo, fallaron los tiros 8, 12, 14 y 16. El turno del cobro número 18 fue para Leonel Álvarez, que tomó carrera, se frenó un instante y luego sí remató. El engaño surtió efecto: la pelota se metió por el palo derecho y el arquero rival se lanzó al izquierdo. ¡Gooooooooooooolllllllllllll! Esta vez no fue un grito, sino un rugido. Nacional, vencedor 5-4 en los penaltis, acababa de desatar una euforia nacional después de semejante drama.

Bassa vs. McAuley

El título del peso mosca de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB) parecía cambiar de manos aquel sábado de abril de 1987, en Belfast (Irlanda del Norte), cuando Fidel Bassa fue dos veces a la lona. Dave McAuley lucía fuerte y el colombiano, que realizaba su primera defensa, parecía un muñeco de trapo rodando por el tapiz. Pero con el corazón, más que con técnica, en el asalto 13 Bassa atacó a fondo y cambió la historia de la pelea y de su carrera con un dramático nocaut que aún se recuerda en Europa y Latinoamérica.

"Pambelé" vs. Furuyama

Panamá, país boxeril por excelencia, se reunió una noche de comienzos de diciembre de 1973 para ver al verdugo de "Peppermint" Frazer, el colombiano Antonio Cervantes, "Kid Pambelé", frente a un retador peligroso: el japonés Tsudo Furuyama. Era, en parte, montar la pelea para gozar con el presunto despojo del palenquero. Ese oriental hizo honor a su apodo de "León" y el título peligró. Sin embargo, Cervantes, cansado de conectar sus mortíferas combinaciones sin resultado, se vio obligado a emplear una faceta desconocida: la de boxear con técnica. No era ya un peleador o noqueador, se había convertido en una estrella.

El bronce de Ximena

Al oír el pistoletazo, a Ximena Restrepo se le acabaron las ganas de vomitar que sentía por los nervios y, todavía presa de la ansiedad, arrancó a correr la final de los 400 metros. Su comienzo fue malo, pero pronto empezó a recuperarse. Situada en el carril seis, con el dorsal 324 y su traje azul con el tricolor colombiano, en la segunda curva ya iba codo a codo con la francesa Marie Jose Perec, la ganadora del oro que corría por el carril cinco. Tenerla de referencia, a su izquierda, fue una bendición para Ximena, que en la recta final apretó los dientes y corrió con instinto felino para cruzar la meta echando el cuerpo hacia adelante y un tiempo de 49,64 segundos, el mejor de su vida, suficiente para obtener la medalla de bronce el miércoles 5 de agosto de 1992, en el estadio de Montjuic.

El Escorpión de René Higuita

Era un partido amistoso más bien aburrido. Colombia jugaba a tocar y tocar la pelota. Inglaterra, a tirar centros y probar suerte de media distancia. A los 22 minutos, quien se animó a esto último fue Jamie Redknapp. Libre de marca, remató más con ubicación que con potencia. Cuando la bola caía al arco, René Higuita se inclinó, estiró los brazos hacia abajo, levantó las piernas de atrás hacia adelante como si fueran un aguijón y la rechazó con los talones. Enseguida, y sorprendido, el público que presenciaba el juego en el estadio de Wembley tuvo un motivo de sobra para romper el silencio.

El 4-4 de Chile 62

Era difícil ser hincha del fútbol internacional a comienzos de la década de 1960. Las imágenes que llegaban a Colombia eran escasas, tardías y solamente la magia de la radio y las fotos de los periódicos, al día siguiente, daban una idea lejana de lo que había pasado. En el Mundial de Chile-62, Marcos Coll se convirtió en un jugador tan recordado y quizá más, que los de hoy, por cuenta de un gol olímpico. Colombia perdía 4-1 con Unión Soviética. En la esquina noroccidental del campo de juego del estadio de Arica (Chile), el de la camiseta número 20 de Colombia, en ese entonces azul y no amarilla como ahora, se paró al lado del banderín y lanzó el balón con su pie derecho. La pelota picó en el área y se metió entre el palo y el legendario arquero Lev Yashin. Fue una inyección de ánimo que se tradujo en dos goles más y el 4-4 final que se celebró como si se hubiera ganado el Mundial por los siguientes 28 años.

Valdés vs. Monzón II

La segunda pelea entre Valdés y Monzón también paralizó a Europa y América. El argentino anunció que cualquiera que fuera el resultado se iba del boxeo para dedicarse al cine. Valdés quería la victoria para reconquistar los títulos mundiales del peso mediano. Rápido, en el comienzo de la batalla del 30 de julio de 1977 en Mónaco, también con la realeza y las estrellas del séptimo arte en ring side, derribó a Monzón y el mundo se estremeció viendo al gran campeón en la lona. Pero el argentino se levantó y ganó por decisión. La imagen de la caída está en la historia: y al fondo aparece, a la expectativa para rematar, el colombiano.

El primer oro olímpico de Colombia

María Isabel Urrutia sabía que sólo tenía una oportunidad en su vida para ganar una medalla de oro olímpica. Para los juegos de Sydney-2000, el Comité Olímpico Internacional (COI) les abrió las puertas a las competencias de levantamiento de pesas en la categoría femenina. Urrutia, de 35 años, tenía en mente retirarse del deporte después de las justas, pasara lo que pasara. El 20 de septiembre apareció en escena y, para sorpresa, se veía más delgada que nunca para disputar las preseas en la categoría de más de 75 kilos. En al arranque levantó 110 kilos. Luego entró nerviosa, pero confiada, a la prueba de envión. Sus dos primeros ejercicios fueron perfectos: levantó 132 y 132,5 kilos, aunque falló al intentar alzar los 137,5. Luego entró en el camerino y fijó sus ojos en el televisor. Vio cómo Kuo Yi-Hang, de China Taipéi, levantó los mismos 137,5 kilos y enseguida su corazón se le quería salir del pecho cuando el turno fue para la nigeriana Ruth Ogbeifo, que intentó alzar la palanqueta con 140 kilos. Si lo hacía, le quitaba el oro. Urrutia se abrazó con su entrenador, Gantcho Karouskov, y de reojo miró el movimiento. Ogbeifo falló y las tres quedaron empatadas al levantar en total 245 kilos. Entonces, Urrutia lanzó un grito ensordecedor: había ganado la medalla de oro por aquellas cosas de las mujeres: conservar la figura. Ese día, su peso corporal fue de 73,28 kilos, frente a los 74,20 de Ogbeifo y los 74,52 de Hang.

El batazo de oro de Rentería

Con la pizarra igualada a dos carreras, en la parte baja de la undécima entrada del séptimo y último partido de la Serie Mundial de Béisbol, el estadio Pro Player de Miami (Estados Unidos) ofrecía un apoyo incondicional a sus Marlins frente a los Indios de Cleveland, la madrugada del lunes 27 de octubre de 1997. Es el turno del colombiano Édgar Rentería. Sus compañeros gritaron "¡Ganamos!". Así era la confianza en el bate oportuno del pelotero que un año atrás había debutado en las Grandes Ligas. Charles Naggy lanzó la pelota y Rentería la puso en el jardín central. El colombiano alcanzó desde entonces el rótulo de estrella de la pelota caliente.

Montoya gana el GP de Mónaco

Juan Pablo Montoya nunca ha besado un trofeo con tanta pasión como lo hizo con la copa de plata que obtiene el ganador del Gran Premio de Mónaco de Fórmula 1. El domingo 10 de junio de 2003, con el corazón a más revoluciones por hora que su auto, y sin parar de sonreír, recibió la insignia de manos del príncipe Rainiero. Enseguida se paró en la quinta y última de las escaleras adornadas con una alfombra roja y al escuchar los primeros acordes del himno de Colombia, se quitó la gorra azul rey, bajó la cabeza y estuvo a punto de llorar y de reír al mismo tiempo. La imagen es inmortal: un escalón debajo están Michael Schumacher, a su izquierda, y Kimi Raikkonen, a su derecha. Detrás de él, a su izquierda, la princesa Carolina; en el centro, Rainiero, y a la derecha, el príncipe Alberto. Fue el epílogo feliz de una carrera perfecta en el difícil trazado monagesco, que, según afirman los que saben, sólo ganan los pilotos más talentosos. Y Montoya lo hizo con honores, al imponer nuevo récord de tiempo total: una hora, 42 minutos, 19 segundos. Ese día no cabía de dicha y hasta bañó en champaña a Schumacher. Luego se abrazó largamente con su esposa, Connie Freydell, y también para ella hubo un beso apasionado en la boca.

Lora vs. Vásquez

Antes de ser coronado como campeón mundial, la crítica cubana que domina el sur de la Florida, en Estados Unidos, había calificado al colombiano Miguel "Happy" Lora como el mejor boxeador del peso gallo del mundo. Por eso, en ese agosto de 1985, cuando se tituló al superar al mexicano Daniel Zaragoza, a nadie sorprendió el resultado. Sorpresa sí cuando Lora va a la lona en la primera defensa en Miami ante los puños del puertorriqueño Wilfredo Vásquez, pero se levanta y ofrece un concierto de técnica pugilística para retener el título y maravillar al mundo. La prensa especializada, al poco tiempo, lo ubica como uno de los tres mejores, al lado de Mike Tyson y Julio César Chávez.

El gol del "Palomo" contra Israel

A Albeiro Usuriaga le empezaron a decir "Palomo" cuando vivía en Cúcuta, en sus primeros trinos como futbolista profesional. Salía a pasear por el malecón vestido de sombrero, traje y zapatos blancos. "Ahí viene el Palomo", decían sus amigos. Y así se quedó. Años después, ese hombre que buscaba distinguirse y ser el centro de atracción se hizo único y fue el más admirado del país. El 15 de octubre de 1989, en el estadio Metropolitano de Barranquilla, el larguirucho gigantón negro de 1,92 metros, piernas de garza y guayos de siete leguas, se escurrió en el área minada de Israel y, de puntazo, estalló el gol del 1-0 con el que la selección levantó el vuelo a su primer Mundial de Fútbol en 28 años: el de Italia-90.

La Copa América

Lloró como un niño asustado, como un hombre feliz. "Es para toda Colombia... ¡Snif! Es para que seamos un país mejor... ¡Snif! Este es un triunfo de todos... ¡Snif!", dijo, entrecortado, Iván Ramiro Córdoba. Fue el llanto del capitán de la Selección Colombia de Fútbol que, el 29 de julio del 2001, ganó la Copa América al derrotar 1-0, con gol suyo, a México en Bogotá. Fue al minuto 20 del segundo tiempo, cuando levitó en un instante eterno, giró la cabeza como si tuviera una rosca en la nuca, sacó un berrido de gol de su garganta y apretó los puños en sus brazos como aspas. Esa tarde soleada de domingo, el fútbol colombiano agarró el cielo con las manos y su capitán, por ese entonces de 24 años, se puso y puso a llorar de emoción a todo un pueblo. ¡Colombia, campeona!

La tarjeta roja de Pelé

Los árbitros de fútbol son los únicos jueces que siempre son culpables, más si desafían a los dioses del juego. Así le pasó a un ex boxeador hecho réferi: Guillermo "Chato" Velásquez, quien en la noche del miércoles 17 de julio de 1968, en El Campín de Bogotá, en un partido entre la Selección Olímpica de Colombia y el Santos de Brasil, expulsó a "O Rey Pelé" porque le reclamó feo no darle un penalti. Las 50.000 personas que pagaron para ver a la estrella, insultaron al juez. ¡Apenas iban 35 minutos! A puños y patadas, todos los jugadores de Santos golpearon a Velásquez, quien repartió puños y puntapiés hasta donde pudo. Los directivos decidieron que Pelé regresara al campo y que Ómar Delgado, uno de los jueces de línea, fuera el central. Al final, Pelé y sus compañeros terminaron en una comisaría.

Alemania 1 - Colombia 1

88 minutos y 19 segundos del partido de Colombia y Alemania en el Mundial de Italia-1990. El 0-0 del tablero electrónico del estadio San Siro de Milán no cuenta todo lo bueno que han hecho los de la camiseta roja con alas amarillas y azules en las mangas. Justo en ese momento, Pierre Littbarski, con un zurdazo de humo anota el gol alemán. Desorientada, apenas levantándose de la lona, a Colombia se le escurre el poco tiempo que le queda. Minuto 91 y 50 segundos: Leonel Álvarez le quita la bola a Rudi Voeller en el área, a 80 metros de distancia de la puerta rival. De inmediato, la entrega a "Bendito" Fajardo. Avanza hasta unos metros más allá de la mitad del campo. Encuentra al "Pibe" Valderrama que, como dando saltitos, escapa con un giro de tres "panzers" germanos. Y, entonces, "Pibe" a Freddy Rincón y Rincón a "Bendito" y "Bendito" a Valderrama. Minuto 92 y 8 segundos: Valderrama mira a su izquierda, donde Estrada corre rumbo al área, pero, genial, desliza la bola hacia el otro lado, por el que cabalga el potro azabache de Rincón. Minuto 92 y 13 segundos: la pelota frena en la red tras un suave viaje por el túnel de las piernas del portero Illgner... No fue un gol. Es la poesía del fútbol.

Colombia le gana a EE. UU. en la Copa Davis

Batman y Robin, Abbot y Costello, Garzón y Collazos son dos que se dicen como si fueran un solo nombre. Igual le pasó al tenis de Colombia durante los años setenta: Velasco y Molina eran dos que sonaban como uno solo. En 1974, hace 25 años, con su raquetas de madera y sus medias casi hasta las rodillas, lograron el más grande triunfo colombiano que se haya visto en el que por esa época todavía era un deporte que se jugaba de blanco. En el Club Los Lagartos, de Bogotá, vencieron al equipo de Estados Unidos en la semifinal de la Zona de América del Norte. Velasco y Molina ganaron sus partidos de sencillos y solo perdieron el juego de dobles. Velasco y Molina superaron a Solomon y Van Dillen. Velasco y Molina (nuca Jairo e Iván), dejaron de pronunciarse al mismo tiempo...

Título mundial de Martín Emilio "Cochise" Rodríguez

El apodo de "Cochise" se lo puso él mismo. No se perdía ninguna película en la que el gran héroe era un indio apache que se hacía llamar así. Martín Emilio Rodríguez copió de su ídolo la garra con que había que luchar y en vez de flechas utilizó la bicicleta para convertirse en el mejor del mundo. En Varese (Italia), en 1971, a base del pedaleo sobre la máquina de piñón fijo, el colombiano venció al suizo Joseph Fush y se quedó con el título mundial de los 4.000 metros persecución individual. Dicharachero y mamador de gallo, hoy, "Cochise" Rodríguez está en todas las carreras del ciclismo colombiano pregonando su principal defecto: "No preocuparme por nada de nada".

El 1-2 en el Tour de Francia

Lans en Vercors es una estación invernal famosa en los Alpes franceses. La nieve y las bajas temperaturas son tradicionales a final de año. Pero el 10 de julio de 1985, los casi 40 grados centígrados fueron grandes aliados de Fabio Parra y Luis Herrera. El primero de ellos se fugó luego de tres arrancadas que fueron respondidas por el lote. Sin embargo, cuando faltaban cinco kilómetros para el arribo, el grupo le pisaba los talones. La gasolina se le había acabado y pagaba caro el esfuerzo. Al pasar por la pancarta de tres kilómetros para la meta, se asustó. Vio que se aproximaba una sombra, pero se calmó cuando se dio cuenta de que era Herrera el que llegaba a darle una mano. El apoyo fue clave y la diferencia se aumentó. "Lucho" tuvo tiempo para acomodarse la gorra, dejó que Parra cruzara la meta en el primer lugar y Colombia obtuvo su primer y único 1-2 en el Tour de Francia.

Pole de Roberto Guerrero en Indianápolis

Sufrir. Ese fue el verbo que siempre conjugó el piloto colombiano Roberto José Guerrero en su trayectoria profesional. En 1992 tuvo que esperar dos días para ratificar que saldría comandando la grilla de las 500 millas de Indianápolis, la carrera en óvalo más famosa del mundo. El sábado 9 de mayo, Guerrero salió a clasificar a las 5.45 de la tarde, hizo el mejor tiempo, pero la sesión abortó 45 minutos más tarde sin que todos los pilotos lucharan por un cupo en la grilla. Las series de clasificación se reanudaron al día siguiente. Guerrero sufría en su camerino. Impotente, trataba de calmarse caminando por el pasillo. Sin embargo, sus rivales no pudieron superar su tiempo de 2 m 34 s 851 mil. y el sueño de partir de primero en la carrera se había cumplido.

Los héroes de la pelota caliente

Ese 16 de diciembre de 1947, Cartagena y Colombia estaban metidas en el béisbol. El "equipo de los chiflidos", como se llamaba al seleccionado nacional dirigido por el cubano Pelayo Chacón y comandado por el lanzador Carlos "Petaca" Rodríguez y el tercera base Pedro "Chita" Miranda, ganaba el título mundial de béisbol frente a Puerto Rico, 5-0. El estadio Once de Noviembre, de Cartagena, fue el escenario de aquella fiesta que aún muchos abuelos recuerdan, incluyendo los cuatro peloteros sobrevivientes: "Kiki" Hernández, "Flaco" Herrera, "Jiquí" Redondo y "Ronquecito" López. Colombia celebró por años su primer título mundial en cualquier deporte.

Santiago Botero, campeón mundial contrarreloj

En los Mundiales de Ciclismo de 2002, celebrados en Zolder (Bélgica), Santiago Botero, que más parece un europeo por su pelo mono y sus ojos azules, pero que al oírlo hablar uno se da cuenta de que es paisa de pura cepa, tenía en mente sacarse una espina que se le había metido un año antes en Portugal, cuando en la prueba contrarreloj el alemán Jan Ullrich y el británico David Millar se le atravesaron y lo dejaron con el bronce en el cuello. Botero se acomodó en su máquina, agachó la cabeza, estiró los brazos y con una relación promedio de 55 x 11, una prueba de su fuerza descomunal, comenzó a recorrer los 40 kilómetros del trazado. En los pasos intermedios pulverizó los relojes. En la meta rompió los cronómetros y con tiempo de 48 m 8 s ganó el oro y se enfundó la camiseta arco iris, para convertirse en el primer colombiano en obtener el metal dorado en esta clase de pruebas.

San Silvestre

Tachado de malgeniado, mala gente y de imprudente, a Víctor Manuel Mora García nadie le puede quitar el rótulo de ser un campeón "callejero". Sus victorias más importantes las logró en las pruebas de calle, sobre el duro asfalto por el cual hoy ya ni corre como aficionado, porque tiene desgastada la cabeza del fémur de su pierna derecha. En 1981 ganó su cuarta Carrera de San Silvestre, la que se realiza todos los 31 de diciembre en São Paulo. Libró una lucha cerrada con sus rivales y los venció en la raya de sentencia después de superar los 8.900 metros de recorrido con 23 m 30 s, a sus 37 años y portando el número 4661.
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